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La rueda rueda rueda que rueda

Los arcos del Romero

Los arcos del Romero

Los arcos del Romero

Los arcos del Romero son una de las joyas arquitectónicas de la Ribera. Esta galería barroca constituye además una de las principales señas de identidad de la ciudad de Cascante.

TEXTO: JOSÉ A. PERALES FOTOS: JOSÉ A. PERALES

ORIENTACIÓN SUR

Hoy como ayer, la propia cuesta y el parque que rodea la basílica del Romero son un escenario perfecto para las numerosas bodas que se celebran aquí todos los años, o para la celebración de las fiestas de la patrona, que tienen lugar en torno al ocho de septiembre. Aunque la virgen del Romero sale en procesión solo cada 25 años, todos los años asciende hasta aquí de manera ritual la comitiva compuesta por el pueblo y las autoridades para honrar a la patrona de Cascante. El resto del año, numerosos cascantinos empiezan o terminan el día subiendo la cuesta que lleva hasta la basílica. Desde el mirador, se contemplan además unas buenas vistas de la ribera del Queiles, con el Moncayo y los montes del Cierzo. Antiguamente, los chicos iban allí a jugar al salir de la escuela, y las parejas buscaban refugio al atardecer en los recovecos de la arquería. Hoy, el abrigado carasol del Romero, se llena también de jubilados que acuden a calentar sus huesos al mediodía, y respirar el aire sano que envuelve este lugar perfumado por los pinos y romeros del entorno.

 

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Los arcos del Romero de Cascante conforman un escenario popular de sorprendente belleza y originalidad. Esta galería porticada de estilo barroco se construyó a mediados del siglo XVIII para favorecer el acceso de la gente del pueblo a la primitiva parroquia de Santa María la Alta, que se encontraba arriba de una colina, extramuros de la ciudad. Según dice José Miguel Ruiz, autor de un libro sobre la memoria gráfica de la ciudad, aquella primitiva parroquia existía ya en el siglo XII. Entonces había allí una comunidad religiosa al cuidado de la iglesia románica y del cementerio del Coso, donde se enterraba a la gente del pueblo.

Con los años, la parroquia se fue deteriorando y -como estaba muy lejos para la gente mayor y los enfermos de la villa- fue sustituida, a mediados del siglo XVI, por un templo nuevo, el cual se levantó concretamente en el solar de una antigua sinagoga. «Como esta nueva iglesia se encontraba ya en el mismo pueblo, recibió el nombre de Santa María Intramuros (que es la actual parroquia de la Asunción)», señala José Miguel Ruiz.

Milagros certificados

A pesar de tener tan cerca la nueva iglesia, mucha gente mantenía su devoción a la virgen de arriba que, además de ser la más antigua, era también famosa por sus milagros

El historiador Juan Ignacio Fernández Marco recoge varios prodigios de la virgen acreditados en los siglos XVI y XVII por médicos y notarios de la zona. En 1616, por ejemplo, el notario cascantino Pedro de Baquedano certifica que el 22 octubre de 1616, llegó a Cascante montada en una burra, una mujer joven de Ablitas que llevaba ocho años «baldada y tullida de un lado». Los dos cirujanos de aquel pueblo le habían tratado aquella grave enfermedad sin hallar solución. En cambio, la virgen del Romero, a la que se encomendó ese día la joven en la propia basílica, la curó en el acto, y la mujer se marchó para Ablitas en la burra pero sin la muleta, ya que no la necesitaba. De todo esto, dio fe también la tía de la muchacha, y el clérigo de Cascante Ignacio González, que al parecer fue quien colgó la muleta de palo junto a la virgen, como prueba del milagro.

La primera imagen de la virgen era románica. Pero al restaurarse la basílica a finales del XVI, los cascantinos decidieron sustituir aquella imagen austera, por otra de vestir, más acorde con los gustos de la época. Fue por entonces, cuando empezó a llamarse virgen del Romero, porque antes se le conocía simplemente como Nuestra Señora de Cascante, o Santa María la Alta. De hecho la primera vez que aparece citada en un documento con el nombre del Romero es en 1600, ochenta y cuatro años antes del incendio que la redujo a cenizas.

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Un incendio fortuito

El famoso incendio de la basílica del Romero se produjo exactamente el día 30 de mayo de 1684. Ese día había habido fuertes tronadas, y por la tarde los devotos llenaron el altar de velas para conjurar la tormenta. Pero al capellán se le olvidó apagar los cirios, y cuando se quiso enterar, el templo había ardido casi por completo. «Al parecer el capellán huyó de Cascante para evitar la posible ira de los vecinos, ya que aquí había una gran devoción por esta virgen», recuerda José Miguel Ruiz.

Nueve años después (en 1693), la ciudad de Cascante inauguraba la actual basílica del Romero. «Esta fue restaurada casi íntegramente con la aportación económica y laboral de los vecinos, los cuales tenían bula de las autoridades religiosas para trabajar en domingo».

Seguramente, el incendio y el trabajo en auzolán , avivó el cariño y la identificación de los habitantes de Cascante con aquella colina donde se había aparecido la virgen, y continuaron planteando mejoras en el entorno de la basílica. Un año antes de la inauguración, se había rehecho el empedrado de la cuesta, que había quedado dañado por las obras, y al siglo siguiente, se decidió «ensuavizar» la pendiente,y construir una galería porticada que protegiera también del cierzo, y de otras inclemencias del tiempo habituales en la zona.

La arquería de ladrillo se hizo también con limosnas y participación popular, y con la concurrencia de un maestro de obras anónimo, que cobró tres pesos. Finalmente, en septiembre de 1756, quedaba terminada esta obra considerada hoy una joya de la arquitectura popular de la Ribera.

Unica en navarra

Aunque no se ha valorado lo suficiente en los catálogos oficiales, esta galería porticada es la única en Navarra de estas características, lo que la convierte en una pieza de indudable valor histórico-artístico.

En 1993, la fundación Fuentes Dutor restauró dos arcos exteriores y el conjunto de la galería interior y financió la iluminación de este monumento que es hoy una de las principales señas de identidad de Cascante.

La autora del proyecto de restauración fue la arquitecta Inmaculada Jiménez, quien publicó también un estudio histórico sobre esta construcción barroca.

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Diseñador anónimo

Aunque se desconoce el autor del proyecto de la arquería de Cascante, es posible que fuera algún religioso del pueblo vinculado a Italia, donde estaban en boga estas tendencias artísticas.

«Desde luego, está claro que fue una obra perfectamente diseñada y proyectada», señala Inmaculada Jiménez. «Esto no surge espontáneamente como una borda de la montaña. Aquí se percibe la mano de un artista conocedor de las técnicas constructivas. Y es al mismo tiempo una obra muy doméstica, pura arquitectura popular, que copia una arquería monumental y la hace con el material más barato que tiene a mano, que era entonces el ladrillo. Seguramente, estaba previsto cubrir los arcos con un estucado de yeso y pintarlo, que era lo que se llevaba entonces, pero por economía de medios, se dejó así con los ladrillos vistos».

Según dice Inmaculada Jiménez, los arcos de la basílica del Romero recuerdan mucho a otra galería porticada existente en la ciudad italiana de Bolonia. Se trata de la iglesia de Madonna de San Luca que fue construida en torno a 1700, medio siglo antes que los arcos de Cascante». También allí se encuentra el templo en lo alto de una colina, a la que se accede por una galería que en este caso tiene 366 arcos».

Un tren de ladrillo

Aunque suele hablarse de 39 arcos, la galería del Romero consta hoy de 37 arcos de ladrillo, con una extensión total de 136 metros. Esta construcción está fragmentada en tres segmentos (de 32, 69 y 37 metros aproximadamente) los cuales se adaptan al terreno del cabezo apoyándose en un ancho muro. Este último, según dice el historiador Fernández Marco, podría pertenecer a la antigua muralla que unía el desaparecido castillo de Santorcaz con el pueblo medieval. El interior de la galería tiene aproximadamente dos metros y medio de anchura, y configura una especie de itinerario espiritual, que en Cascante coincide con el vía crucis. Cabe destacar también la peculiar adaptación al terreno de esta arquería barroca que trepa a la colina del Romero como un tren de ladrillo. También son interesantes los peculiares juegos de luces y sombras que se dan en el interior de la galería.

 

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